Ayudar a alguien en la calle

Ayudar a alguien en la calle


Salimos a pasear, a comprar, y noventa y nueve veces nadie necesita nuestra ayuda, pero un día cualquiera, vemos que alguien ha tropezado y se ha caído, o alguien que no puede subir el escalón del autobús… tantas situaciones donde podemos echar una mano y, por vergüenza, desinterés, falta de solidaridad…. No hacemos nada por ayudar a esas personas.

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No estamos diciendo que todos actuemos así pero sí que los hay. Todos necesitamos, a veces, ayuda de los demás, en realidad, somos tan frágiles que solos no lo podemos hacer todo; sobre todo, cuando nuestra edad es avanzada o nos ponemos enfermos. Os cuento, a modo de ejemplo, algo que me sucedió.

 

Una vez, hace ya tiempo, iba sentada en el autobús y en una de las siguientes paradas subió una señora de unos sesenta y pico años. Llevaba muleta, vestía con un traje árabe, es decir, largo hasta aproximadamente los tobillos y avanzaba por el pasillo con dificultad. 


Yo iba sentada en la última fila y había muchas personas antes de mí así que, aunque vi que necesitaría ayuda para subir el escaloncito de los asientos, no me preocupé por levantarme pues, como ya he dicho, había más personas alrededor. Cuando la señora encontró un asiento libre el autobús ya se había puesto en marcha con lo cual, necesitaba una mano para sujetarse y no caer y con la otra sujetaba la muleta. La señora, intentó bajo las miradas de la gente subir el escaloncito que conducía al asiento pero, el largo vestido el cual pisaba al hacer el juego de piernas para subir le impedía lograrlo. Todos estaban mirando la dificultad que tenía y nadie movió un dedo para ayudarla. Me levanté de mi asiento y me acerqué a ella agarrándola por debajo de los brazos para que ella pudiera con la mano libre sujetar el vestido. Sus palabras de agradecimiento no terminaban y su cara de estar sorprendida era visible. No debía estar acostumbrada a recibir ayuda de extraños. Justo unos segundos antes de ese momento, más de una persona quiso también ayudar. Llegué a la reflexión de que las conductas son contagiosas y hace falta más solidaridad visible para que los demás se animen.

 

Cuando veamos a alguna persona que, realmente necesita nuestra ayuda, debemos ofrecérsela. Otro día, quizá después de años, nosotros también necesitemos ayuda de un extraño que pasea por la calle.

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